Nuestros orígenes
En algún momento de la vida, vestirse deja de ser tan sencillo como debería.
He visto demasiadas veces cómo la ropa disponible en esos momentos falla, tanto en lo práctico como en lo emocional. A lo largo de los años, he acompañado a personas a las que quiero enfrentarse a situaciones que cambiaron no solo la forma en que podían vestirse, sino también la manera en que se veían a sí mismas.
Todo comenzó hace más de diez años.
Cuando mi hija fue hospitalizada durante un año con tan solo 12 años, tuvimos que cortar su ropa para adaptarla a sus necesidades médicas. Vestirse dejó de ser un momento de alegría. Empezó a sentir que no encajaba. Cambió la forma en que se percibía a sí misma. La hacía sentirse triste.
Y entonces empecé a verlo por todas partes.
Amigas que atravesaban un cáncer de mama y no encontraban ropa compatible con sus puertos de acceso venoso sin renunciar a su estilo. Personas recuperándose de una cirugía que cada mañana tenían dificultades simplemente para vestirse.
Mi padre, que siempre había cuidado con orgullo su imagen, fue perdiendo poco a poco la capacidad de abrochar botones y subir cremalleras a causa del Parkinson. Y con ello, también perdió una parte de su identidad. Mi tía, que vive sola, quería ponerse su vestido favorito para salir a cenar, pero la cremallera estaba en la espalda. No podía cerrársela sin ayuda. Aquel vestido volvió al armario.
Personas distintas. Historias diferentes. Un mismo problema: prendas que les obligaban a renunciar a la comodidad, a la independencia y, en muchos casos, a una parte de quienes eran. No solo se sentían incómodos; dejaban de sentirse ellos mismos. Se sentían aislados, con menos libertad para participar plenamente en su propia vida.
El momento que me impulsó definitivamente a actuar llegó el 11 de marzo de 2025. Mi marido y yo acabábamos de regresar de la residencia donde había fallecido su tía, de 92 años. Había sido una mujer elegante toda su vida, siempre impecablemente vestida. Y, sin embargo, al final de sus días murió llevando una prenda impersonal, fría y puramente funcional: una bata de hospital.
No podía dejar de pensar en ello. Las personas merecen algo mejor en cada etapa de la vida.
Así que salí a buscar una solución. Busqué en internet, pero no encontré nada que me pareciera verdaderamente cuidado ni a la altura de esa necesidad.
Miré en las tiendas de los hospitales. Nada. Pregunté a médicos y especialistas. Nadie tenía una buena respuesta.
Así que decidí crearla yo misma.
Guth3
Comencé a trabajar en el distrito textil de Nueva York, desarrollando prendas que pudieran abrirse fácilmente por los brazos y la parte delantera, adaptarse a las necesidades médicas y, al mismo tiempo, sentirse como esa ropa que siempre has querido llevar. Prendas capaces de acompañarte desde una habitación de hospital hasta una cena fuera de casa.
Pero los detalles importaban. Y los cierres, aún más.
Los corchetes, los lazos y los botones pueden resultar difíciles de manejar, e incluso imposibles para muchas personas. Así que volví a empezar desde cero.
Hoy trabajamos con velcros técnicos y cierres magnéticos especialmente diseñados para facilitar el día a día. Al mismo tiempo, estamos desarrollando un sistema de cierre completamente nuevo: ligero, silencioso, resistente y concebido para ser tan elegante como la propia prenda.
Porque, en algún momento de la vida, todos nosotros —o alguien a quien queremos— afrontaremos una etapa en la que vestirse deje de ser tan sencillo como debería. Cuando llegue ese momento, la ropa no debería convertirse en un obstáculo. Debería adaptarse a ti para que puedas seguir sintiéndote tú mismo, en tu mejor versión.
Por eso nació GUTH3.